jueves, 27 de agosto de 2009

Dim-sum

Cuando te enamoras de Xiao Xia sólo piensas en las mañanas. Sus besos de naranja te extraen de las dimensiones abismales del sueño; sus ojos de fruta prohibida te recuerdan el mundo que dejaste atrás. Antes, todos los labios te sabían a sofrito y todos los ojos te miraban con un desdén de telenovela. Ahora, juras que la boca de tu chinita es resplandor de pera; que su mirada te exprime en gotas de ajonjolí y perlas de canela.

Cuando te despiertas junto a Xiao Xia sólo piensas en el desayuno: panecillos de arroz rellenos de carne y salsa, jiaozi de vegetales y té verde. Ella te sirve con sus manos de arbusto y sonrisa de flores. Tomas el té. Pintas de esperanza la ausencia que creaste muchas horas atrás en la cama que espera al otro lado del océano.


Cuando a Xiao Xia le llega la hora de partir la recuerdas junto al lago en el traje amarillo -tierno como su cuello delgado. Mezclas el amor y la ilusión como la batida de leche de soya y chocolate que le compraste para hacerla reír luego de haberla reencontrado gracias a tu paciencia artesanal.

Cuando Xiao Xia sale por tu puerta, como lo hacen los rayos del sol detrás de las nubes, te envuelve un rubor. Sientes que una brisa fresca, leve, recorre tu cuerpo caliente y perspirado. De espaldas, su cabello cae sobre sus hombros como un pesado manto negro. También al hombro lleva su cartera Coach (Made in China) donde guarda, junto a su lápiz labial invisible y tarjeta de estudiante, los pocos yuanes que le pagas.

La tribu errante